Afromexicanos y el racismo disfrazado de broma.

¿Somos racistas? Al menos en el caso mexicano tiene un matiz que cae entre la comedia y la indiferencia social.


Las manifestaciones en Estados Unidos a causa de la muerte de George Floyd a manos de agentes policíacos han escalado a tal grado que dentro y fuera de las fronteras físicas y digitales nos preguntemos: ¿somos racistas? La respuesta, al menos en el caso mexicano tiene un matiz que cae entre la comedia y la indiferencia social.


De entrada, Estados Unidos y México tienen una idea distinta sobre el racismo y la integración: mientras que los pioneros de concepción puritana buscaban una tierra en la cual llevar a cabo sus prácticas religiosas y sociales sin la “contaminación” de la convivencia con otra fe, la visión evangelizadora de la Monarquía Católica permitía la integración de distintas etnias, razas y grupos sociales a cambio de profesar la fe en Cristo.


Bajo esta premisa, podemos entender cómo desde su llegada a México, los africanos encontraron una sociedad dispuesta a “aceptarlos” como hermanos en la fe, siempre y cuando permanecieran  en su lugar dentro de las castas. Pasados los siglos, la comunidad afrodescendiente se integró aún más en la sociedad novohispana y mexicana sin ser vista con verdadero recelo social, pero sí con reticencias y señalamientos que persisten hasta nuestros días.


Partiendo de las protestas que cimbran hoy a Estados Unidos, en redes sociales se ha cuestionado la legitimidad de los mexicanos de unirse a los hashtags y movimientos digitales relacionados con la lucha de los afroamericanos de aquél país, ya que en el fondo, los mexicanos no somos tan abiertos de mente como afirmamos ser frente el conservadurismo racial de nuestros vecinos del norte.


Ejemplo de esto lo tenemos desde las altas esferas como el discurso del ex presidente Vicente Fox al afirmar que los indocumentados mexicanos en EU hacen trabajos que “ni los negros quieren hacer”. También a nivel popular como el hecho de que casi todos conocemos a un amigo o familiar con el moto de “el negro”. Ambos ejemplos tienen algo en común: carecen de malicia pero exudan burlas con base en las diferencias raciales que de labios afuera los mexicanos negamos vehementemente aunque en el fondo sabemos que somos capaces de sentirlas.


¿A qué podemos achacar este “racismo interiorizado”? En parte a que nuestro país no es homogéneo: reconocemos los distintos orígenes culturales que forman la palabra “mexicano”, pero como parte de nuestra idiosincrasia defendemos el grupo social que nos toca pero cuidamos las apariencias a fin de evitar confrontaciones y las disfrazamos a modo de broma.


Ejemplo de esto es el caso de Memín Pingüin, “el negrito a todo dar” y Eufrosina (M’alinda) que a pesar de que están caricaturizados con todos los estereotipos sociales y físicos de los afrodescendientes, nadie ve en ellos una burla o insulto, sino como entrañables personajes cuya lucha por salir de la pobreza los hace tan mexicanos como cualquiera.


“Las imágenes de este “negrito” y su “bonachona” madre reintroducen, reproducen y refuerzan las preconcepciones de que el negro es la perfidia”.

En otras palabras: se hace mofa “inocente” de sus rasgos y ascendencia africana, pero se les considera hermanos por su condición humilde, porque en nuestro país nada homogeniza más a razas, etnias y religiones que la pobreza.


El otro ejemplo es el famoso meme “el negro del WhatsApp”, cuyos atributos físicos (producto del Photoshop) se usan como chanza sin que por ello se tache de racismo a quien lo comparte, ya que todo es “en buen onda” y para muchos hasta “halagador”: un estereotipo más, disfrazado de algo positivo para “su raza” y con el que se busca redimir la burla por el color de su piel.


La segregación o el racismo disfrazado.


En México sí cometemos actos motivados por cuestiones de raza, origen étnico, social o económico, pero a diferencia de Estados Unidos, no llegamos al nivel de discriminar escuelas, iglesias o transporte público por estos motivos.


Nuestro racismo o segregación hacia los afrodescendientes se encuentra en los actos de ignorancia social y cultural que nos lleva a minimizar sus costumbres y origen, o en el “mejor” de los casos a caricaturizarlos para (que sin que nuestra conciencia se dé cuenta) seguir considerándonos incluyentes.


“En 1986, dos psicólogos sociales, Samuel L. Gaertner y John F. Dovidio, acuñaron el término ´racismo aversivo´ para definir el racismo de quienes no se consideran racistas. De aquellos que comienzan sus frases con un ‘yo no soy racista, pero...’ o de quienes hacen bromas racistas como si no tuvieran consecuencias.”

Estos chistes calan hondo en la psique del mexicano porque son pocos los que tienen el valor de ir contra la mayoría, pues de hacerlo también serían víctimas del escarnio y sus características físicas y culturales señaladas grotescamente.


“Entre broma y broma, la verdad se asoma”, y en el caso mexicano del racismo el dicho popular aplica perfectamente. Burlarnos de las diferencias sociales, raciales o culturales hace que estas pierdan su valor y se transformen en simples puntas de lanza para normalizar la discriminación que si bien no ha llegado a niveles tan trágicos como el de George Floyd, sí pone a los mexicanos contra el reflejo de sus propios prejuicios, que a más de uno, servirían de motivo para burlarse de nosotros.


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